Hoy voy de poeta....
Anoche cuando dormía
soñé, ¡bendita ilusión!,
que una fontana
fluía
dentro de mi corazón...
Esta maña, desayunando, juntito a mi esposa, en la paz hogareña, rodeados de amor, sin pensar en demandas ni juzgados, pensando, eso si, en cuando mi amigo strenus me dice que en su dolor manda el, me he dado cuenta de lo que es, disfrutar de la mas maravillosa cenestesia matrimonial. Por si hay algún lector que no lo sepa, le digo que cenestesia es el momento en la vida en que se siente la vida misma. (Suelen aplicarlo, los que entienden, como el instante inmediatamente siguiente al climax de un orgasmo). Nuestra cenestesia gozada, disfrutada, lo ha sido en la quietud y serenidad que marcan los muchos años vividos.
En este instante, sin odio, sin rencor, sin violencia y sin un puto euro, he pensado en Rato y en su gentuza. Me he ablandado un poquejo y me he acordado de una muy bonita poesía en castúo, de Luis Chamizo.
No me cabe duda, a Rato y a los suyos, les debieron arrancar los sentimientos de La Nacencia durante su propia nacencia. Os dejo con esa poesía, para que penséis lo que hubiera podido llegar a ser este quiebrabancos genético, si hubiera sido un bien nacido:
LA
NACENCIA
Chamizo Trigueros Luis Florencio
Registre Nº.38903
Bruñó
los recios nubarrones pardos
la lus del sol que s'agachó en un cerro,
y
las artas cogollas de los árboles
d'un coló de naranja se tiñeron.
A
bocanás el aire nos traía
los ruíos d'allá lejos
y el toque d'oración de
las campanas
de l'iglesia del pueblo.
Íbamos dambos juntos, en la
burra,
por el camino nuevo;
mi mujé, mu malita,
suspirando y
gimiendo.
Bandás de gorrïatos montesinos
volaban, chirrïando, por el
cielo,
y volaban pal sol, qu'en los canchales
daba relumbres
d'espejuelos.
Los grillos y las ranas
cantaban a lo lejos,
y
cantaban tamién los colorines
sobre las jaras y los brezos;
y, roändo,
roändo, de las sierras
llegaba el dolondón de los cencerros.
¡Qué
tarde más bonita!
|Qu'anochecer más güeno!
¡Qué tarde más alegre
si
juéramos contentos!...
—No pué ser más —me ijo—,
vaite, vaite
con la burra pal pueblo,
y güérvete de prisa con
l'agüela,
la comadre o el méico.
Y bajó de la burra poco a
poco,
s'arrellanó en el suelo,
juntó las manos y miró p'arriba,
pa los
bruñíos nubarrones recios.
¡Dirme, dejagla
sola,
dejagla yo a ella sola com'un perro,
en metá de la jesa,
una
legua del pueblo...
eso no! De la rama
d'arriba d'un guapero,
con sus
ojos reondos
me miraba un mochuelo;
un mochuelo con ojos vedriaos
como
los ojos de los muertos...
¡No tengo juerzas pa dejagla sola;
pero yo
de qué sirvo si me queo!
La burra, que roía los
tomillos
floridos del lindero,
careaba las moscas con el rabo;
y dejaba
el careo,
levantaba el jocico, me miraba
y seguía royendo.
¡Qué pensará
la burra
si es que tienen las burras
pensamientos!
Me jui junt'a mi Juana,
me jinqué de
röillas en el suelo,
jice po recordá las oraciones
que m'enseñaron cuando
nuevo.
No tenía pacencia
p'hacé memoria de los rezos...
¡Quién podrá
socorregla si me voy!
¡Quién va po la comadre si me
queo!
Aturdío del tó gorví los ojos
pa los ojos
reondos del mochuelo;
y aquellos ojos verdes,
tan grandes, tan
abiertos,
qu'otras veces a mí me dieron risa,
hora me daban mieo.
¡Qué
mirarán tan fijos
los ojos del mochuelo?
No
cantaban las ranas,
los grillos no cantaban a lo lejos,
las bocanás del
aire s'aplacaron,
s'asomaron la luna y el lucero,
no llegaba, roando, de
las sierras
el dolondón de los cencerros…
¡Daba tanta quietú, mucha
congoja!
¡Daba yo no sé qué tanto silencio…!
M'arrimé más pa
ella:
l'abrasaba el aliento,
le temblaban las manos,
tiritaba su
cuerpo...
y a la lus de la luna eran sus ojos
más grandes y más
negros.
Yo sentí que los míos chorreaban
lagrimones de fuego.
Uno cayó
roando,
y, prendió d'un pelo,
en metá de su frente
se queó
reluciendo.
¡Qué bonita y qué güeña,
quién pudiera ser
méico!
Señó: tú que lo sabes
lo mucho que la
quiero.
Tú que sabes qu'estamos bien casaos,
Señó, tú qu'eres güeno;
tú
que jaces que broten las simientes
qu'echamos en el suelo;
tú que jaces
que granen las espigas,
cuando llega su tiempo;
tú que jaces que paran las
ovejas,
sin comadres ni méicos...
¿por qué, Señó, se va morí mi
Juana,
con lo que yo la quiero,
siendo yo tan honrao
y siendo tú tan
güeno?...
¡Ay! qué noche más larga
de tanto
sufrimiento:
¡qué cosas pasarían
que decilas no pueo!
Jizo Dios un
milagro;
¡no podía por menos!
II
Toíto lleno de tierra
le
levanté del suelo;
le miré mu despacio, mu despacio,
con una miaja de
respeto.
Era un hijo, ¡mi hijo!,
hijo de dambos, hijo nuestro...
Ella
me le pedía
con los brazos abiertos.
¡Qué bonita qu'estaba
llorando y
sonriendo!
Venía clareando;
s'oían a lo
lejos
las risotás de los pastores
y el dolondón de los cencerros.
Besé
a la madre y le quité mi hijo;
salí con él corriendo,
y en un regacho
d'agua clara
le lavé tó su cuerpo.
Me sentí más honrao,
más cristiano,
más güeno,
bautizando a mi hijo como el cura
bautiza los muchachos en el
pueblo.
Tié que ser campusino,
tié que ser de
los nuestros,
que por algo nació baj'una encina
del caminito
nuevo.
Icen que la nacencia es una cosa
que
miran los señores en el pueblo:
pos pa mí que mi hijo
la tié mejor que
ellos,
que Dios jizo en presona con mi Juana
de comadre y de
méico.
Asina que nació besó la tierra,
que,
agraecía, se pegó a su cuerpo;
y jue la mesma luna
quien le pagó aquel
beso...
¡Qué saben d'estas cosas
los señores
aquellos!
Dos salimos del chozo;
tres golvimos
al pueblo.
Jizo Dios un milagro en el camino:
¡no podía por
menos
Chamizo Trigueros Luis Florencio